Sarya

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lunes, 9 de noviembre de 2009

¿Quién no ha querido escribir un libro?

Me desperté sudorosa y sobresaltada en aquellas sábanas infantiles, que a estas alturas de la noche, tenía por los pies. Ese sueño se repetía cada noche, cada vez que cerraba los ojos, aquel callejón, oscuridad y aquel pitido, y después... nada más, solo el sudor, el pánico y unas sabanas infantiles, solo me calmaba una cosa, miraba por la ventana y veía la luz de las farolas tintillear en la oscura noche. Me levánte de mi vieja cama de forja hacia la cocina, el suelo estaba frío y me cubrí los pies. A un paso cuidado y silencioso me acerqué hasta la puerta para comprobar que mis padres seguían dormidos y sin encender luz alguna conseguí llegar hasta la cocina sin tropezarme con las infinitas filas de cajas que se apilaban en mi salón, cogí un vaso del estante y me lo llene de leche fría. Hacía demasiado frío, había demasiada oscuridad, demasiado silencio y mi cabeza creía estallar... cerré los ojos un solo instante y me salí a la terraza con mi bata a beberme mi vaso de leche con la única iluminación de las estrellas y la luna llena.
Nunca me había fijado en como se veían desde mi terraza, hacía tan poco tiempo que era mi terraza... Millones de estrellas rozaban mi pelo y me hacían mirar a mil lugares a la vez, cerre los ojos y pensé solo en ellas, en su belleza, su perfección e imperfección a una vez, su brillo cegador acompañado del resplandor de la luna, que hacían contrastar mas a estas sobre el cielo despejado, un cielo nocturno contaminado por un par de farolas. Fue entonces cuando recordé aquellas palabras "aprecia lo que tienes antes de que sea tarde, todo lo hecharás de menos cuando lo sea" ahora no le veía mucho sentido y solo pensé en lo imprescindible, pero más tarde comprendería que realmente tendría que haber entendido esta frase por aquel entonces, pero ahora, era tarde, estaba lejos de todo aquello, aquello que solo habitaba en mi recuerdo. Esa fue la última noche que pude sentirme de verdad sabiendo quien era.

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