Sarya

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jueves, 31 de marzo de 2011

Ojos verdes

Hoy tengo los ojos más verdes por ti.
Hoy tengo los ojos más verdes por lo que no tengo.
Por lo que he perdido en tan poco tiempo.
Quiero llorar solo de pensar que no recuperaré la confianza y el cariño que nos regalábamos, los gestos que me brindabas sin esperar nada a cambio.
Mis manos entrelazadas con las tuyas.
Tus miradas cargadas de dulzura.
La confianza para dar cariño, para no sentirme incómoda.
¿No quieres que me deshaga cual cera de vela de solo pensar que acabo de perder eso?
Tus labios ya están en otra dimensión para mí. Con tus manos. Con tu piel. Con tus ojos y miradas. Y por supuesto, con tu mente.
Ahora solo me queda asumirlo, quemando mi orgullo, que no te he olvidado, quizás solo por eso. Quizás eres algo más.
Quizás con solo amistad seamos más felices.

martes, 29 de marzo de 2011

Sonríe

Grita. Grita alto. Grita hasta desgarrarte la garganta.
Siente la libertad en el aire que expulsas, en el sonido. Siente que sacas todo lo que te ata. Todo lo que se te clava. Todo lo que te hace daño.
Cierra los ojos, estira los dedos y siente. Siente el aire besar tus yemas. Agitar tu tela. Meterse entre carne y uña. Llevándose tus miedos, preocupaciones y malos pensamientos.


- Sonríe pequeña.
- ¿Por qué he de sonreír?
- Porque puedes.

sábado, 5 de marzo de 2011

Niebla


Corro.

El bosque es espeso, frío y silencioso. Una espesa niebla cubre el suelo y se va volviendo más difusa hasta alcanzar la copa de los árboles.

Sigo corriendo.

No veo donde piso, voy a ciegas. Girando cada tres pasos el cuello hacia atrás para  saber que sigue ahí lo que dejo atrás, pero a cierta distancia empiezo a no ver nada por culpa de la niebla.

Las lágrimas heladas recorren mis pómulos, calientes y rojos de correr. Aprieto los párpados y me doy más prisa, la humedad se me pega a la piel. Los árboles pasan cerca, casi rozándome. Parece que es el bosque el que se mueve y no yo.

Me tropiezo con una raíz, y sin perder el tiempo me levanto, con la rodilla dañada, igual que las manos. Sigo corriendo. No puedo parar, no puedo frenar. No puedo darme la vuelta.

Estás ahí. Sé que estás ahí. No sé si al final o al principio del camino marcado por el bosque. Pero estás ahí.
No sé si voy hacia ti o huyo. Eres quien me hace daño. Quien me hace feliz. Y yo voy alocadamente en esa dirección, sin reflexionar, sin dudar, pisando firme el suelo que no veo, arriesgándome a tropezar, a caer o, incluso, a morir.

Sigo corriendo. Y seguiré corriendo hasta el final del camino, donde mis pies ya no tengan suelo que pisar. Hasta entonces, seguiré huyéndote o buscándote.

La niebla empieza a mojarme.