Sarya

Sarya
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domingo, 26 de diciembre de 2010

Siempre cierro los ojos y solo deseo que estés aquí, que te quedes...

Y ahora quiero perderme en tus sueños. 
Hundirme en tu piel, inundarme de tus miradas.
Quiero castigar mi piel con tus dientes, que tus uñas repasen mis curvas, que tus labios se aprieten de abstinencia mientras mantengo tus manos sujetándote.
Quiero que cierres los ojos de puro placer. 
Que tus hombros se estremezcan del simple roce. 
Que tu cuello se curve buscando aire.
Quiero que me mires como si fuese tu presa, que me caces. 
Quiero sentirme deseada. 
Quiero que me comas, que me devores.
 Quiero que me susurres en la oreja lo que te gusto. 
Quiero sentirte piel con piel. 
Que tu piel me queme, quiero que me beses con furia, que juegues con mi lengua, que juegues con tu lengua. Quiero ser tuya, quiero mandar en ti. 
Quiero. 
YA.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Rimas cortas

Huye de mi mente te lo pido,
antes de que hagas daño
a mi corazón zurcido
de tela cosida y paño.
Tus besos tengo grabados,
mis labios se quedan fríos,
de tu saliva bañados
contra el viento bravío.
Lloro mil lunas sin ti
por pocas contigo, al parecer,
las estrellas se acuerdan de mi,
de cuando te dejabas querer.


domingo, 12 de diciembre de 2010

Algo se ha roto

Mi egoísmo late en mi cráneo una y otra vez. Cuando no estás para nadie yo te necesito de manera inconsciente, ilógica,  irracional. Para mí.

Necesito tu yo. Mi tu yo favorito. El que eras conmigo, el que hizo que fuese cordero entre un montón de lobos. Estás ahí y lo sé. Pero no está lo que yo necesito. Te necesito más cerca. Te necesito más tú que nunca.

Ahora todo esto te es imposible. Me jode tener miedo a darte caricias, a que no me salgan. Ni los abrazos, ni los besos. Contigo no.

Algo se ha roto. O desgarrado, pero a punto de romperse.  Lo noto a cada segundo de ésa madrugada acurrucada en el rincón menos visible de mi casa abrazada a mi cojín,  con los ojos cerrados y los oídos abiertos pendiente de si los habitantes me veían. Por si me veías.

Ya no tendría sentido que trepases por mi ventana. Ya no tendría sentido que me abrazases mientras cocino. Ya no tendría sentido que me abrazases mientras patinas. Ya no tendría sentido que me cogieses de la mano. Ya no tendrían sentido esos mensajes de madrugada. Ya no tendrían sentido esas miradas delatoras. Ya no tendría sentido ver mi sonrisa en mi cara. Ya no tendría sentido ver incomodidad en la tuya.

Algo se ha roto. O desgarrado, pero a punto de romperse.  Lo noto. No dejes que se rompa del todo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El deseo de pintar

 
¡Desdichado tal vez el hombre, pero dichoso el artista desgarrado por el deseo! Ardiendo estoy por pintar a la que tan raras veces se me apareció para huir tan de prisa, como una cosa bella que se ha de echar de menos tras el viajero arrebatado en la noche. ¡Cuánto tiempo hace ya que desapareció!

    Es hermosa y más que hermosa: es sorprendente. Lo negro en ella abunda; y es nocturno y profundo cuanto inspira. Sus ojos son de astros en que centellea vagamente el misterio, y su mirada ilumina como el relámpago: es una explosión en las tinieblas.

    La compararía a un sol negro si se pudiera concebir un astro negro capaz de verter luz y felicidad. Pero hace pensar más a gusto en la luna, que indudablemente la señaló con su temible influjo; no en la luna blanca de los idilios, semejante a una novia fría, sino en la luna siniestra y embriagadora, colgada del fondo de una noche de tempestad y atropellada por las nubes que corren; no en la luna apacible y discreta, visitadora del sueño de los hombres puros, sino en la luna arrancada del cielo, vencida y rebelde, a quien los brujos tesalios obligan duramente a danzar sobre la hierba aterrorizada.

    En su estrecha frente moran la voluntad tenaz y el amor a la presa. Sin embargo, en la parte baja de ese rostro inquietador, donde las móviles aletas de la nariz aspiran lo desconocido y lo imposible, estalla, con gracia inexpresable, la risa de una boca grande, roja y blanca y deliciosa, que hace soñar en el milagro de una soberbia flor abierta en un terreno volcánico.

    Hay mujeres que inspiran deseos de vencerlas o de gozarlas; pero ésta infunde el deseo de morir lentamente ante sus ojos.
                                                                 Carlos Baudelaire